La inmoral metamorfosis de Lasso

Franz Kafka se queda corto con su novela en la que, una mañana, se despierta convertido en cucaracha: Lasso no lo ha hecho porque sucede un extraño fenómeno psicológico como en el libro del autor checo, sino porque el banquero de las 49 empresas off shore rebasa sus propios límites morales (que los tiene hasta el extremo de ser un moralista fanático) en su desesperación de “decir algo convincente a las masas” para conseguir unos votitos.

Si alguien se ha proclamado defensor de los dogmas de fe más recalcitrantes de las obsoletas sectas que de religiosas se convirtieron en refugios de los más acaudalados banqueros y empresarios del mundo es Guillermo Lasso Mendoza, hoy devenido en adalid de la extrema derecha ecuatoriana y un peón más de la partida de ajedrez regional que se libra entre el neoliberalismo del siglo XIX al socialismo del siglo XXI.

En aquella angustia de no perder más votos y dejar que por segunda vez consecutiva se le escape de las manos recuperar el poder político y económico para el sector más ambicioso, ególatra y vil del país, sube a la tribuna con rostro descompuesto, pierde el libreto y se sale de su propia línea ideológica para atrapar a los incautos.

Mientras en un lado de la ciudad de Guayaquil lo esperaban los partidarios de Alianza PAIS en los sectores pobres de Monte Sinaí, bautizado como “territorio de la Revolución Ciudadana”, Lasso dispuso que entretuvieran a la población con acciones de paternalismo barato como la realización de sorteos y bingos en los que se regalaban electrodomésticos chinos, lo más barato en el mercado, y se ofrecía sortear una casa, lo cual no ocurrió y despertó la ira de los asistentes que, además, exigían que Lasso, no ninguno de su jauría, asistiera a la “concentración masiva” que el propio Lasso anunció en su cuenta de Twitter pero que, para varias, no cumplió.

Como para  disimular su falta de valentía para enfrentar a un pueblo convencido y satisfecho de todo lo que ha hecho la Revolución Ciudadana en Monte Sinaí, acudió a otro lugar para él menos inseguro y se dedicó a romper paradigmas ofreciendo todo lo que ese momento se le salía del hígado con el pretexto de que en su supuesto gobierno sí habrá libertad.

Y entre esas libertades prometidas apareció una que a él mismo, al perder la cabeza cuando lo contaron todo lo que estaba ocurriendo en Monte Sinaí, debe haberle sorprendido mientras lo prometía.

En su furibunda alocución, el piadoso redentor de la familia como núcleo de la sociedad y como centro de la religiosidad y la unidad gritaba, casi fuera de sí, que la libertad en su gobierno será de tan dimensión que los hombres podrán “farrear y chupar hasta la hora que les dé la gana, y no como ahora que hay límites de horarios para hacerlo”.

En esa promesa, si se la puede llamar así, quedó absolutamente en evidencia el doble discurso y la hipocresía que los políticos ambiciosos son capaces de usar con tal de llegar al poder y hacer de las suyas con el Estado y sus ciudadanos.

¿En serio cree el candidato perdedor que una expresión de libertad es romper los vínculos  familiares permitiendo que los hombres, en especial los padres de familia, gasten el dinero de sus salarios mensuales en bares, discotecas y prostíbulos y empobrezcan a sus hogares?

¿En serio cree el candidato perdedor que una expresión de libertad es promover que los hombres lleguen borrachos, maltraten a sus esposas e hijos y vuelvan, como hace más de diez años, a aumentar las cifras de violencia intrafamiliar e incluso de agresiones que podrían llegar al extremo de convertirse en feminicidios?

¿Sabe Lasso, sin reflexionar en sus palabras, lo que realmente está promoviendo entre los ecuatorianos, entre las familias, entre las parejas de esposos y esposas, entre los padres y los hijos?

Conseguir votos e intentar asirse a los más abyectos recursos verbales, conceptuales y proselitistas, desde un bingo para regalar una licuadora de 20 dólares hasta la grave actitud de promover la destrucción de las familias a consecuencia de los licores, la droga y la prostitución, es lo más deleznable que puede hacer un candidato, sea de la tendencia política que fuere.

Y es más grave aún porque demuestra que por captar el poder, él mismo sería capaz de ir en contra de los valores éticos y los principios morales de los que se jacta cuando su propia familia participa de manera activa en la campaña y ella no esperaría escuchar de su esposo y padre arengas tales como incitar a la población a luchar por sus libertades alcohólicas y promiscuas.

Con actitudes así, Lasso demuestra el cinismo más ramplón desde su propia ansiedad por ganar y pone en evidencia su capacidad amoral de romper cualquier límite ético y cualquier dogma religioso, de los que siempre se ha jactado seguir al pie de la letra como miembro de una de las sectas más puritanas que existen en el mundo occidental.

En sus desesperados últimos días de campaña, Lasso se desnuda y muestra que se disfraza de angelical oveja pero que lleva en su interior un alma de insaciable hiena.

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