Dos lameculos llamados José Hernández y Carlos Vera

Escribiendo a lo José Hernández:
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José Hernández (o Carlos Vera, da igual) es un mercenario. Ex periodista de El Comercio, ahora se alquila a Lasso para hacer entrevistas y artículos libreteados en las cuales él juega el papel de Suso. Fue Abdalá Bucaram quien inventó a ese personaje, bufo y sumiso, encargado de repetir lo que otros habían escrito. Hernández lo hace con sobriedad y mayor cinismo. Pero es un mercenario lameculos que ayuda a lavar la imagen de Guillermo Lasso y Andrés Páez.

Suso-Hernández vive en foto verauna mansión en Cumbayá y perfila a la maravilla lo que  la derecha del Opus Dei entiende por buen periodismo. Un cínico o un militante que participa, por plata o por fanatismo, o por las dos, en los montajes del poder bancario y de los medios. Lasso necesitaba sacar del armario a Pedro Delgado. Yacía allí recluido tras las acusaciones y graves sospechas de corrupción que pesan sobre él. Y como tenían que exhibirlo, porque su ausencia se notó en el cierre de la campaña, decidieron volverlo de nuevo presentable en sociedad: le pidieron que pida plata y permiso a los Isaías, le programaron una soirée de desagravio y, por último, decidieron grabar un monólogo con Suso-Vera (o Hernández, da igual) encargado de leer las preguntas que armó el aparato de propaganda.

Suso-Hernández (o Vera da igual) se gana lo que cobra: hay que ser adicto a las alcantarillas para prestarse a un papel tan abyecto. Hay que amar sobremanera el dinero para venir a un país que no conoce, sentarse con el personaje más polémico de la campaña y, en vez de interrogarlo, empeñarse en hacerlo aparecer como víctima. Y prohombre. Mercenario y descarado es Suso-Hernández.

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Este montaje dura varios minutos. Delgado luce distendido. Recién bañado e impecablemente vestido. Sabe lo que tiene que hacer y viene preparado: algunas carpetas están a su alcance. Las usa todas porque, por pura casualidad, los datos que contienen calzan a la perfección con los temas evocados. En el papel acordado, Delgado juega a ser tolerante e indulgente (no con Suso-Vera (o Hernández, da igual) que es una alfombra) sino con aquellos enemigos suyos que, aquí o en Miami, lo han enlodado, haciendo sufrir a su pobre esposa y a sus hijos.

Delgado tiene tiempo para hacerse el perfil con el que seguramente sueña con los ojos abiertos y mirándose al espejo: un hombre honesto. Un gran patriota. Un visionario. Un humanista. Un técnico que desprecia la política. Un modernizador del país. Un hombre que vive de lo que gana. Un revolucionario que no roba y que no deja robar. Un perseguido por la bancocracia que tras tener el poder financiero ahora quiere el poder político… Delgado sueña en directo, frente a ese Suso que se esconde tras una sonrisa desangelada y una complacencia de badulaque.

Sin presión de ninguna especie, con un interlocutor que hace pequeños apuntes y acotaciones insidiosas para facilitarle el paso a otro tema, Delgado tiene tiempo incluso para explicar a Suso-Vera (o Hernández, habría hecho lo mismo) hechos ordinarios de la vida política ecuatoriana que no conoce y que tampoco importa que los ignore. Él no vino a esclarecer nada: está ahí –y considera un honor estar ahí, ante Delgado– para tenderle la cama y eso lo sabe hacer y lo hace con sumo deleite.

Nada le pregunta que pueda sacar a Delgado del papel de confesor, fiscal y juez de sí mismo. Sale ex culpado de todo. Fue él quien llevó electricidad al último rincón del Ecuador. Él, quien devolvió el petróleo al pueblo. Él, y su gobierno, quienes negociaron que 80% de los barriles del petróleo sean ahora para el pueblo. Antes, señor Vera, aquí no había vías. El petróleo se lo llevaban las mafias. Antes se repartían todo, señor Vera.
Y Suso-Vera osa interrumpirle (hasta con malas palabras). -¿Por eso lo enlodan? Por eso han afectado a su familia? Y Delgado, que tiene ante sí un digno representante de lo que ellos consideran gran periodista, agradece que lo entienda. Que saque la buena conclusión. Que comprenda que ellos no tienen ni los medios de comunicación ni la chequera que tienen en la oposición para repetir mil veces los ataques contra el gobierno. Suso-Vera no pregunta por el holding de medios de los Isaías y de Lasso. Ni por los centenares de millones de dólares gastados en propaganda a través de su banco. También se traga la rueda de molino (una de tantas, pero para eso vino y para eso le pagan muy bien) de que Delgado se hizo auditar sus cuentas por Carlos Polit, su otro pana, y todo salió a pedir de boca. Como si los corruptos no tuvieran mecanismos para hacerse poner la plata en cuentas cifradas o no tuvieran testaferros. Los corruptos, claro, no Pedro Delgado.

Suso-Vera (o Hernández cuando escribe) no pregunta esas cosas. No pregunta por las cuentas de Delgado. Pero con la insidia propia de los enfermos del troll center, quiere saber si los que persiguen a este santo hombre son mafiosos, si Lasso es corrupto y si los que le enlodan son patriotas (sobreentendido son vendepatrias). O si la arremetida para enlodadarlo es porque él, Pedro Delgado, impidió que se roben el petróleo y transformó esos centenares de millones en programas sociales.
En realidad, nada de interés público pregunta Suso-Vera. Pero con esa falsa candidez propia del bellaco en que se ha convertido, sí quiere saber quiénes ganarán la segunda vuelta… Lasso, obvio. Ese gigante, dice Delgado, –como Nebot también dijo de Mahuad– que cuando llegó al poder no se olvidó de los pobres, los abrazó, los sacó de la Pobreza. Ese gigante que lo escogió para vicepresidente; pedido ante el cual no valió ni la suplica de su propia madre que, de rodillas, le rogó dejar la política…

Suso-Vera no preguntó a Delgado por qué ese gigante no lo trepó a su lado, en la tarima, al final de la primera vuelta… Ni por qué el lassísmo está tratando de blanquearlo para que luzca algo presentable en sociedad. Los mercenarios profesionales como Suso-Vera-Hernánez suelen ser disciplinados. Nunca se salen del libreto.

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