CARMEN ANDRADE NO DEJA DE SER ASESORA Y SE OLVIDA DE SU ERA COMUNISTA E IDOLATRÍA POR CUBA

Cuando viajaba regularmente a La Habana era más comunista que Carlos Marx. Difundía todo de la isla, se retrataba con todos los cubanos para solidarizarse por las agresiones, bloqueo y sabotajes estadounidenses.

Eran otros tiempos.

Su cultura política no era precisamente la que hoy defiende (o sufraga) porque eran las épocas del compromiso político (sin paga ni contratos) y sobre todo, diría ella, “cosas de juventud”.

Pero desde que achuntó a ser la asesora de comunicación, simultánea, de los alcaldes de Quito y Cuenca, cobrando enormes sumas por supuestas consultorías, ni el oficio de locutora (en la modesta radio Tarqui), le sirvieron para recuperar la memoria de quién era, de qué vivía, con quién compartía los cafés y los escasos almuerzos con personas importantes.

Claro: dos sueldos, de dos municipios, no es poca cosa. Para ella quedaron atrás los idealismos y los principios. Cuba ya pasó a ser un gobierno totalitario. Dejó de ser el lugar donde aprendió economía y escribió (con dudosa calidad) un libro que se regocijaba de mostrar a todos sus allegados. ¿Por qué hoy no lo exhibe como parte de su sapiencia política en los programas derechosos que dirige todas las mañanas?

No, ahora tiene plata, gana bien y disfruta de las delicias del poder que le dan sus asesorías a los alcaldes de derecha. No dice ni pío de Rodas (al jefe no se le responde ni critica). Ahora habla del neoliberalismo como al paradigma de todos los parabienes de la historia. ¿Si revisa su libro no tendrá un poco de vergüenza para salpicar sus comentarios radiales con las sabias y profundas enseñanzas que recibió en Cuba?

Si el dicho le calza a ella este momento no hay otro mejor: por la plata baila el perro. Mientras más asesorías reciba, mientras más incline su cabeza a quienes facturan a su favor, mientras mejor atendida se sienta en las recepciones diplomáticas y en ciertas casas de algunos poderosos, nunca reconocerá su pasado comunista, revolucionario, progresista.

Ella, la que ofende con un tono meloso, se sienta cómoda frente a los poderes económicos porque supone que ha pasado a la clase alta quiteña, ha dejado atrás sus rencores sociales, de clase y hasta sus sometimientos machistas.

Ella es el prototipo del cambio estructural de una mentalidad forjada desde las necesidades y la modestia a ser ese personaje que bien pagado por los poderosos cree que ha superado todo lo anterior para dejar una herencia, comprarse la cartera más cara, comer chicle importado con fragancias dietéticas y una noble viajera por los países del capitalismo más aberrante porque a Cuba no va a volver jamás, mucho menos para leer de cabo a rabo Granma, de donde sacó muchas de sus citas para su libro de economía (básica y elemental)

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