¿Qué tienen de común los Pallares, Carrión, Mantilla y Burbano de Lara?

Son de la misma argolla, trinca o élite oligárquica quiteña. No hay duda alguna. Posiblemente les diferencia de la guayaquileña o costeña que ahora sus prominentes representantes públicos o mediáticos tienen títulos académicos, dan clases y son sus parientes invisibles los que los mantienen y regentan.

Para eso tienen mutualistas, bancos, empresas y haciendas donde van los fines de semana. De lunes a viernes algunos fungen de periodistas, dan clases en ciertas universidades, escriben editoriales y además, faltaba más, opinan en todos los medios como supuestos intelectuales independientes, neutrales, objetivos o ajenos a todo interés económico.

Entre la misma “aristrocracia” quiteña a esos Pallares, Carrión, Mantilla y Burbano de Lara les miran como seres improductivos, no alimentan la renta de sus otros parientes si productivos, esforzados, que se mojan el poncho en las haciendas y hasta se juegan la vida de inversión en inversión, de negocio en negocio, de farra en farra y de emprendimiento societario en amarres de amarres.

Apellidos más apellidos menos,  esos “prominentes intelectuales” cuentan con el apoyo irrestricto de aquellos que quisieran tener una familia detrás para seguir escribiendo, injuriando o luciendo como intelectuales orgánicos de algún grupo económico. Ahí están los Aguilar, Hernández, Rosero, Oquendo o un sinnúmero de acólitos de esas familias quiteñas adineradas gracias a la existencia de un aparato familiar y societario bien intrincado que garantiza los negocios madre o matriz de los principales núcleos económicos.

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Son ellos los que desde una supuesta altura moral y ética cholearon y hasta discriminaron a un Lucio Gutiérrez por no ser de su “raza”, más allá de los errores del ex coronel. Igual cosa hicieron con Fabián Alarcon, pero éste se los sometió y por eso acogía casi de rodillas lo que le decían los Mantilla desde sus púlpitos (los dos diarios de Quito de entonces). Algo parecido quisieron hacer con Jamil Mahuad (cuadro orgánico de la élite quiteña) cuando el ex demócrata cristiano pactó con Febres Cordero y Nebot, pero al final lo dejaron solo y ahora ni siquiera lo mencionan en sus cenas o banquetes.

Claro: cuando llegó Rafael Correa lo intentaron, pero les fue mal. Quisieron acolitarle para cobrar después el favor, insistieron en llamadas para almorzar con el Presidente o invitarle a sus haciendas y empresas, pero les choleó y eso les emputó. En definitiva, quisieron cooptarlo para sus intereses y negocios, pero como no obtuvieron la respuesta esperada lanzaron a sus “intelectuales” al ruedo y de ahí salieron los Pallares, Mantilla, Burbano de Lara y Carrión.

De paso, casi todos ellos están emparentados entre sí. Algunos de ellos son herederos directos del gran Benjamín Carrión, del cual parecería han leído solo sus poemas, pero no sus principios políticos. Solo les sirve para vanagloriarse de su estirpe. Por eso a veces prefieren poner en las alturas a su otro pariente y antepasado más “blanquito”: Galo Plaza Lasso. ¿Qué dirá desde su tumba Benjamín Carrión de sus nietos que ahora son más neoliberales que Alberto Dahik?

Y como tienen medios y panas en esos medios, a quienes llevan de vez en cuando a sus fiestas y les permiten codearse con los hacendados en sus fincas o casas de campo, no reciben ninguna crítica o señalamiento por su origen, su calidad intelectual o su modo de ejercer la política sin “mojarse el poncho”.

Sobre todo hay uno que cuando no tenía qué hacer con su vida, cuando ya sus padres no lo soportaban más en su casa le mandaron a un diario a que aprenda un oficio. Es el mismo que nunca se graduó de periodista pero funge de analista. Es el pariente vago de la familia y que gracias a un apellido y unos familiares bien entroncados puede dejar un trabajo por varios meses y sus hijos seguirán en el colegio de pensiones altas y él levantarse a las doce a leer los periódicos hasta que la empleada, vestida de otavaleña (aunque no lo sea) le pase el café, bajo el árbol de la casa de su padres o abuelos en un valle cálido a donde no llegan los olores ni los ruidos de los pobres de los alrededores. Es el mismo que cree que por tener ese apellido puede llegar a EE.UU. a pedir plata para sus portales y sobre todo que le paguen el mejor sueldo del grupo y le instalen una buena oficina en un centro comercial regentado por el rector de una universidad que saca sus utilidades a los paraísos fiscales.

Esas son las cosas de la pelucolandia quiteña, bien emparentada, bien estructurada en sus negocios (que de paso no se lleva bien con los judíos de la capital) y que hace la matriz de opinión de los medios libres e independientes.

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