La noche soñada del jocoso Aguilar

No sabe desde hace cuánto tiempo ha estado reprimiendo las ganas de pararse, tomar agua, fumar un tabaco o mear. Los nervios lo carcomen, y la prueba está en esa pierna que no deja de temblarle, tal cual le sucede cuando escribe sus bien pagadas crónicas. Es Roberto Aguilar, el asalariado contador de acres historias que divierten al gringo Mantilla, dueño del diario Hoy y la prima doña Guadalupe, la emperatriz de cera de El Comercio.

¿La razón de sus nervios? Esta noche recibirá el premio al mejor cuenta chistes de todo el emporio Mantilla. Sabe que es el bufón que divierte a los reyes, que son sus únicos lectores, pero la idea lo ruboriza y prefiere omitir la palabra bufón… Esto no es bufonería, soy un profesional del humor, se consuela sin conseguirlo. Esta misma noche, antes de que el gringo putee tres veces, Aguilar subirá al escenario, mal disimulará un falso gesto de modestia, hará la venia al público que no sabe quién es, y estirará su mano prodigiosa para recibir un jugoso cheque firmado, ni más ni menos, que por los patrones Mantilla.

...mi vida no es como la ves, soy un payaso ya lo ves...
…mi vida no es como la ves, soy un payaso ya lo ves…

La imagen lo embriaga, un nudo le estruja la garganta, se frota las manos. De vuelta a la realidad, abre los ojos y se sorprende ante los rostros de agobio de aquellos que lo rodean: sus compañeros, la mayoría jóvenes redactores que no han afilado, como él, los sentidos y las garras; jóvenes, y otros no tanto, que no cobran su sueldo desde cuatro meses; jóvenes… en fin, piensa sin vergüenza, el muy sinvergüenza. Los longos de sus compañeros que ni siquiera pueden hacerse ver en el seguro social, bien sabe Aguilar que la plata para el seguro de los obreros del Hoy va para los regalos, los premios, los chupes y las condecoraciones que se dan entre ellos, esperan por las palabras.

Pero para qué va a desperdiciar su premiado talento en pensar en esos pobres ilusos que llenan gratuitamente las páginas del periódico del gringo. ¿Para qué? Mejor cerrar los ojos, volver a los gratos recuerdos, a pensar en… Heydi. De ser este un mundo perfecto, el gringo Mantilla sería su abuelo que le da consejos con Los Alpes como telón de fondo; el diario Hoy sería una granja que alberga peones impagos… ¡ah! ¡Otra vez la realidad atravesándose en medio de sus sueños!

Roberto Aguilar y sus sueños alpinos en el Diario Hoy
Roberto Aguilar y sus sueños alpinos en el Diario Hoy

Es mejor ir por un traje, el mejor que su sueldo excesivo pueda pagar. La noche está cerca. Debe ponerse su Ermenegildo Zegna, que tanto gustó a su otro patrón, el delicadito de José Hernández. Se lo imagina ya, elegante, garboso pese a lo corto de su tamaño, lo mira pasar y sus afilados sentidos creen recrear el perfume Jean Paul Gaultier con que inunda todos los días el ambiente de los impagos.

Ya casi es hora de recibir el premio, aunque quizá este no sea el más anhelado porque hubiera preferido nacer lejos de Sudamérica, continente pródigo en gobiernos elegidos democráticamente y personas trigueñas a las que detesta. El buen Roberto Aguilar sueña, otra vez cerrados los atentos ojos, con el día en que Jaime Mantilla le otorgue el puesto de José Hernández como comandante en jefe del periódico que debe cuatro meses de sueldo a sus periodistas. O mejor aún, sueña con el día en que él mismo sea quien asista a las reuniones de la Sociedad Interamericana de Prensa y participar en la orgía de tinta sangre  contra la democracia.

Bajo la mirada protectora de dicho ente dirigido por Jorge Mantilla, quizá él también pueda atropellar una niña pobre y salir impune. Bien sabe Aguilar que nada se les puede achacar a los ricachones: hasta mirarles feo da pie a que se declaren perseguidos políticos.

Antes de recibir el premio y cantando “abuelito dime tu” al estilo Heidi, Robertito recuerda sus horas en la redacción de diario Hoy en busca de los sabios consejos de el gringo. Se sienta en sus piernas mientras redacta crónicas light cuya prioridad es demostrar lo mal que se visten “esos longos” que tiene por enemigos.

Es hora de las palabras, José Hernández sube a estrado, habla vacío pero con ese “acentico” del que tanto disfruta Aguilar. Le agradece sus servicios, casi lo palmotea con esos pequeños ojos rasgados, le dice que siga, que lo siga, que adónde vayan estarán juntos, para hablar del mal gusto de los longos, para cocinar juntos, para divagar juntos por los siglos de los siglos… okey.

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